Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

08 julio 2016

Julio Castelló. La mayúscula del Poeta



Hay algunos que escriben, que garabateamos novelas, o eso decimos, y hay Romain Gary, que con cada línea escrita nos legaba una obra maestra. Hay quienes hacen películas o series de televisión, y hay Sorrentino, que desconcierta a los perpetradores de historias clónicas con su inalcanzable capacidad creadora integral. Hay emborronadores de lienzos y hay Dubuffet descubriéndonos siempre otra mirada. Hay torturadores de pentagramas poniendo cara de estupendos y hay Martynov equilibrando el universo… en fin, y hay quienes hacen, pergeñamos versos, y hay Poetas con su mayúscula capital de un territorio tan vedado para otros que no sólo nos queda prohibido llegar a su paisaje sino que ni siquiera podremos jamás apenas entreverlo, en la distancia si acaso como Moisés, para morir luego.
Sí, hay quienes amontonan, apelmazamos palabras en hemistiquios y hay Julio Castelló, Poeta. Julio Castelló que nos acaba de regalar uno de esos poquísimos libros destinado a la grandeza inalcanzable de la especie humana. “El peligro del ángel” (El levitador, Polibea, 2016, 104 pp., colección de uno de nuestros más sólidos bastiones editoriales, Juan José Martín Ramos), un texto tan indispensable que no le sobra una sola palabra, ni siquiera de esa prescindible demora que casi siempre resultan ser los prólogos. Esta vez no, esta vez el umbral de sentencias de Simón Arriaga es el perfecto salvoconducto para adentrarse en un espacio-tiempo indescriptible. “Deslizamientos tectónicos de la significación” denomina Arriaga a los personalísimos versos de Julio Castelló y acierta plenamente. Más aún cuando nos recuerda que lo hace nuestro Poeta “lejos del efectismo vacuo y del exhibicionismo que inunda nuestra cultura”, como un “trazado vector… hacia un lugar que poder nombrar como paraíso; del peligro de no ser, de no haber realmente vivido, de haber tenido demasiada prudencia, demasiada asepsia y no mancharse las manos con el mundo, tanto que los dedos solo tocaron las vacías promesas del vacío y negaron su función primera: atrapar el momento (carpe diem) y más aún, atraparse a uno mismo en cada uno de los momentos sin dejar de fluir, fluir sin dejar de estar. Ser sin dejar de cambiar…”.

“Yosotros”, “Sunu Gaal”, “Qherido animal”, “Cuaderno de bitácora”, “La letra pequeña”, “Hazversidades poéticas”… libros anteriores con que Julio Castelló ya nos había mostrado el arduo camino de la poesía auténtica, pero estos libros ahora alcanzan la culminación de significado y significante con este “El peligro del ángel”, libro de liberación luminosa:

mis ángeles no son
espíritu de un cielo
aseadísimo
son tierra desdeñada
cuerpo adentro
quién los detiene
quién saja sus ojos
quién los devuelve al cielo
y al sobrenatural
eterno olvido
porque no
yo nunca prometí felicidad
eterna
acaso espada sangre y fuego
un simple compromiso
ser
soberbia
y estrechamente humano
no dejar de intentarlo un solo instante…

Libro éste en el que encontramos la fe del que se libera y ya libre descubre la verdadera iluminación de su existencia y la celebra:

creo en la tierra abierta
por encima de alguna incertidumbre
desnuda con sus magmas y sus nieves
que arden
porque todo arde
tarde o temprano
en esta tierra leve
creo en tercas raíces que perforan los cuerpos
y escarban en sus noches como en la única
resurrección posible
la inquietante
sin tregua
la apacible…

Nada importa, no, que cuanto habita entre nosotros y nuestra misma vida haya nacido todo para la llama. Es en la consunción propia donde se encuentra la consumación de quienes somos, siempre que no nos dejemos incendiar sin la voluntad expresa de arder y celebrarlo.
Sabio de la serenidad que sabe postergar al fin la angustia existencial transmutándola en plenitud, Julio (leña de árbol caído / reconozco / mis círculos concéntricos / los hilos… / y busco… / los límites / los sueños / bridas de agua / para un auriga enfermo / de cordura / por enterrar sus alas / en tus montes / de bellísimo escombro”) nos confiesa sin falso pudor:

que siempre me he sabido heraldo
noche
alada
sometida
furia
exceso
de cordura
de un dios cansado y nómada
de una esperanza en blanco
como una cita ajena
o algún amor antiguo
con el que fabricar el hambre
y llamas
dejas rastros de cal menesterosa
y florece la carne de acuciantes
sombras
y tientas cálida la luz
en el límite exiguo
que nos concede el tiempo

Aunque tanta es la iluminación que ha alcanzado a nuestro Poeta que reconoce aún las amenazas de oscuridades que siempre se ciernen sobre el hombre aunque se haya liberado:

… queda en lo humano
un virus codicioso
de riesgo innecesario que sacude
sus más sublimes sueños
sus fracasos
legítima ambición sus lacrimales arden
sus raíces de duda
sal
destiempo…
la improbable destreza
de desaparecer
y dejar solo un trazo
de belleza invisible
sus variados esfuerzos
por convocar la sombra
y en ella hacerse ver
y contemplarse

Porque no sólo la luz obra el milagro de hacernos visibles, también en la sombra podemos ser visibles y contemplarnos a nosotros mismos, pero ya huyendo de la complacencia del otoñal malditismo, desoyendo los oscuros llamados de lo trágico, porque

… el ángel desplegó su arboladura
su rotura de vínculos
de omóplatos y vísceras
bajo el amanecer sediento y temeroso
radiografía extraña
cruce de hombre de pájaro y herida
qué avidez la del sol
comiéndose los bordes
los perfiles del aire
dando forma y volumen
a nadas colindantes

Pero en la “mística del más acá” de este libro de Castelló encontraremos también, además de arcanas direcciones (¿a qué paisaje del alma convocan esas recurrentes “madreselvas” del poemario?), denuncias de la cotidianeidad (“habéis dilapidado una fortuna / valores sin valor /pieles bursátiles / y se os fue de las manos…”) y reivindicación de un mejor y más inteligente sabes estar en el mundo sin convertirlo en estercolero ni esquilmarlo (“ Ve / ha llegado la hora de abrazar / la tierra y desangrarse… darse tiempo y talar los rascacielos / con el hacha de guerra de los escalofríos / demoler el tristísimo complejo comercial / que condenó la hierba / y descalificó tu lenta espalda… ha llegado el momento de cambiar / los hábitos / los pasos / y las buenas costumbres / por desnudez y arritmia / a pesar de lo cómodo del yugo…”).
Porque Julio Castelló tiene la palabra, la posee, la crea, la hace crecer hasta ser más grande aún que aquello mismo que define, esa palabra:

palabra
hasta la habito
insomne
hasta la soy
parece una locura
pero no estoy más loco
yo
que el trueno
aferrado
a su tormenta…

¡Ay!, tengo yo la costumbre (perdóneme Luis Alberto de Cuenca, amigo y maestro) de subrayar los libros, a menudo en rojo. Pero esta vez con el libro de Julio me habría salido más rentable introducirlo entero en una bañera de tinta carmesí pues lo que me cuesta ahora es encontrar un solo verso no subrayado.
Que es este libro piedra fundacional del tiempo que nos queda donde también caben el amor, la carnal pasión redentora:

crezco solo en tu cuerpo
compendio de esperanza
ruina y
súbitos
futuros
que eres tú
y me uno y otra vez religo
y ato
sobre sábanas santas…
su equipaje ligero como un labio
esquivo para un hombre
como un vuelco
sacro en la lentitud
y en abrazar la vida

Esa pasión suya que hace nuestra, porque asoma en la sangre con que Julio nos escribe, nos comparte para transustanciarnos en uno y varios, más altos tras sus versos que la altura individual de cada uno:

…y aquí estoy
protegido por todas mis heridas
más desnudo si cabe
encarado a las piedras y al camino
borracho de certezas
y de dudas
de huellas concentradas
en tus brazos
del aire que tú exhalas
y respiro
del ángel que anunció
tu rostro
y su humedad
y te hizo carne

En fin, intentad humanos ser merecedores del especular propósito de nuestro Poeta Julio Castelló: “cambiar sin dejar de ser”. Tal vez no haya otra forma tan honesta de alcanzar nuestra propia estatura algún día. Y acoged este libro con la unción de lo inimaginable (incluidas esas certeras fotografías de Chema Castelló, hermano del Poeta) teniendo muy en cuenta las palabras finales de la sonda de profundidad que es el prólogo de Simón Arriaga: “La ética del hombre que no renuncia a serlo… En cada momento en que las dudas o los quiebros nos alcancen, en cada ocasión en que el peligro de no ser nos aceche de nuevo, toquémonos las cicatrices de nuestras alas amputadas, acariciémoslas como un miembro fantasma, coloquemos el dolor a un lado y la dicha al otro, y releamos este texto para recordar que nuestra ha sido siempre la capacidad de elegir nuestra propia humanidad, que no es un don natural sino una elección voluntaria y consciente que requiere ser validada, actualizada, resignificada constantemente, y que en esa tarea las palabras son actos que importan”.
Porque todo en este libro indispensable, libro ya de cabecera en mi biografía, sabe hacernos caer:

… en la cuenta
atrás
y en mi delirio
me crezco como un hombre
que sueña con sus huesos
y amasa una fortuna
de instantes infalibles
silenciosos
incógnitos
erizado de piel
comunicante y pura
irrepetible

¿A qué más puede aspirar un humano?

Gracias Julio Castelló por darnos tu vida, que es la vida, la del ángel que, tan humano, se alza sobre sus mismos escombros, sus cenizas, y sin alas vuela más allá de los dioses y las quimeras de la tristeza. Todo sea luz.

1 comentario:

Hector Lopez dijo...

visita este blog amigo tambien es de poemas esta bien chevere http://exiliov92.blogspot.com/