Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

30 marzo 2015

Romain Gary

Escribir parece que puede escribir todo el mundo. Basta con estar alfabetizado. No es como pintar o hacer música, que hay que tener un don, y practicarlo. Pero escribir bien es algo que no está al alcance de todos los mortales. Y quien de verdad es un maestro escribiendo es capaz de hacer una obra de arte hasta cuando redacta un prospecto farmacéutico. Ante ellos pululan como falenas (polilla, en italiano, que es palabra bien bonita) los prescindibles basiliyos menesterosos, acólitos de Filoche, el dios pequeñoburgués de la mediocridad, que todavía se creen acreedores de eternidades en su país de sombras tan compactas que no conocen el menor resplandor…
A mí Romain Gary (el único escritor que ha ganado dos veces el Goncourt, usando uno de sus heterónimos, mofándose así de las normas del mismo premio, que prohíben obtenerlo más que en una ocasión; claro que él fue no una sino varias personas en su existencia así que está justificado) me parece uno de los autores más grandes del siglo pasado. Después de haber disfrutado hace años con casi una decena de libros suyos (Las raíces del cielo, Lady L., La angustia del rey Salomón, La vida ante sí -que yo preferiría traducir como “Con la vida por delante”-), Europa, El bosque del odio…) ahora estoy terminando su libro de memorias “La promesa del alba”. Cargado de un extraordinario conocimiento de la naturaleza humana, de emoción, de humor, de sarcasmo, de generosidad, de amor… una delicia que os recomiendo vivamente…

“Atacado por lo real desde todos los frentes… me acostumbré a refugiarme en un mundo imaginario y a vivir en él, a través de los personajes que inventaba, una vida llena de sentido, de justicia y de compasión… al humor, esa forma hábil de desactivar lo real en el preciso momento en que va a caernos encima… le debo mis únicos instantes de auténtico triunfo sobre la adversidad. El humor es una declaración de dignidad, una afirmación de la superioridad del hombre sobre lo que le sucede… …como los editores me devolvían siempre mis obras… la creación literaria se convirtió para mí en lo que sigue siendo hoy en sus grandes momentos de autenticidad, una finta para intentar escapar de lo intolerable, una forma de entregar el alma para seguir vivo…”

“La palabra “ateo” me resulta insoportable; me parece tonta, mezquina, desprende el olor del polvo de siglos, está chapada a la antigua y limitada de cierta forma burguesa y reaccionaria que no puedo definir, pero que me saca de quicio, como todo aquello que está satisfecho de sí mismo y con suficiencia se pretende totalmente emancipado e informado…”

“Todos los frenesís del sexo me parecen infinitamente más aceptables que los de Hiroshima, de Buchenwald, de los pelotones de fusilamiento, del terror y de la tortura policiales, mil veces más deseables que las leucemias y otras hermosas y probables consecuencias genéticas de los esfuerzos de nuestros sabios. Nadie conseguirá jamás que vea en el comportamiento sexual de las personas el criterio del bien y del mal. La funesta fisonomía de cierto físico ilustre recomendando al mundo civilizado que continúe con las explosiones nucleares me es incomparablemente más odiosa que la idea de un hijo acostándose con su madre. Al lado de las aberraciones intelectuales, científicas e ideológicas  de nuestro siglo, todas las de la sexualidad despiertan en mi corazón las más tiernas disculpas. Una chica que cobra por abrir sus piernas al pueblo me parece una hermana de la caridad y una honesta distribuidora de buen pan cuando comparamos su modesta venalidad con la prostitución de los sabios que prestan su cerebro para la elaboración del envenenamiento genético y del terror atómico…”


“Aunque tengo mis buenos momentos, siempre me ha resultado difícil hacer ese prodigioso esfuerzo de estupidez del que hay que ser capaz para creer seriamente en la guerra y aceptar la posibilidad de que exista. Sé ser estúpido a su debido tiempo, pero sin elevarme a esas gloriosas cimas desde las cuales una carnicería puede parecer una solución aceptable. Siempre he considerado que la muerte es un fenómeno lamentable, así que causársela a alguien es algo del todo contrario a mi naturaleza. Es cierto, he tenido que matar a hombres (Romain Gary, exiliado desde los 14 años en Francia desde Rusia, fue destacado miembro de la Resistencia francesa después de ser rechazado como oficial del aire por no estar “naturalizado” francés más que tres años antes de intentar su ingreso en el ejército en 1938) para obedecer la unánime y sagrada convención del momento, pero siempre lo he hecho sin entusiasmo, sin auténtica inspiración. Ninguna causa me parece lo suficientemente justa, y no pongo en ella el corazón. No sé aderezarlo, no sé entonar un himno de odio sagrado, así que mato sin brillantez, de forma estúpida, porque es absolutamente necesario. Creo también que el problema es mi egocentrismo. En efecto, mi egocentrismo es tal que me reconozco en todos aquellos que sufren, y me duelen todas sus heridas. Esto no acaba con los hombres, sino que se amplía a los animales e incluso a las plantas. Una increíble cantidad de personas puede asistir a una corrida y mirar al toro herido y sangrante sin estremecerse. Yo no. Yo soy el toro. Siempre siento cierto dolor cuando se talan los árboles, cuando se caza al alce, al conejo o al elefante…”.

(Foto Le Figaró)