Queridos amigos, os invito a transitar juntos mi blog.

Ven, vagamente,
ven, levemente,
ven solo, solemne, con las manos caídas
a tu lado, ven
y trae los montes lejanos junto a los árboles próximos,
funde en un campo tuyo todos los campos que veo,
haz de la montaña un bloque sólo de tu cuerpo...

(Fernando Pessoa)

18 noviembre 2017

¿Por qué?

Me pregunta el maestro Rafael Borge: ¿es necesaria la poesía en nuestra vida de homínidos comunes? ¿Por qué escribe poesía Jaime Alejandre?

Porque un animal, aun sin saber que lo hace y sin intención por hacerlo, puede pintar o hacer música, pero no puede escribir un verso.
Porque es un milagro que 27 signos se combinen para componer miles de palabras en miles de idiomas. Y quién en su sano juicio no querría ser parte de un milagro.
Porque me temo que con la oratoria sólo se convence a los que ya piensan como nosotros. Y escribiendo y leyendo poesía eres capaz de cambiar de opinión.
Porque, ya lo he dicho, la foto de una puerta sólo puede ser esa puerta, y la palabra puerta en un verso es todas las puertas.
Y escribo para sacármelo de lo cabeza, aunque a veces lo haga mal y siempre lo haga a medias y saque la mitad de la mitad de lo que estuvo en mi pensamiento.
Porque tampoco hace tanto que el hombre escribe, en verdad hace muy poco, 5.300 años y hay tanto que contar y recordar... por ejemplo que la rueda sólo nació doscientos años antes que la escritura en Sumer...
Porque la escritura es lo único que permite almacenar y transmitir el conocimiento.
Porque es tal vez la única actividad en la que no hay que dar explicaciones.
Porque no sé pintar.
Porque sin texto no hay Historia.
Porque Gilgamés, abrumado por la muerte de su amigo Enkidu a manos de Isthar, la diosa del amor Isthar (diosa que bajo otro de sus nombres, como Astarté va y se cuela en las novelas de mi amigo Arturo cinco milenios después), Gilgamés, digo, abrumado ante el espectáculo de la desaparición de Enkidu se propone conquistar la eternidad... y lo consigue con la ayuda del inmortal matrimonio superviviente del Gran Diluvio Universal... aunque luego la “planta de la juventud” se la robe una serpiente y por eso las serpientes cambiando de piel si no son inmortales sí son eternamente jóvenes... y todo esto lo sabemos por un poema titulado “Quien todo lo vio” escrito antes casi de que todo sucediera.
Porque recuerdo a mi padre y veo a mis hijas y sé que Sary, escriba egipcio talló en piedra estos versos: “Un hombre ha desaparecido, su cuerpo polvo es, / toda su parentela ha vuelto a la tierra, / pero un libro hace que lo mencione la boca de quien lee”.
Porque escribir poesía es el territorio único y perfecto de lo más sagrado que para el hombre hay, la libertad.
Porque si una sola persona en el mundo leyendo un verso mío se emociona una milésima parte de lo que yo con la Ilíada de Homero, el Quijote de Cervantes, el Diablo Mundo de Espronceda o la Caída de Camus, me sentiré feliz, y creeré haber devuelto al mundo honradamente algo de la infinita felicidad inmerecida que he recibido en mi vida de lector.
Escribo también por una vanidad que creo que se redime por sí misma puesto que no busca el halago por el halago sino solo descubrir hermanos de emoción y sentimiento. Así el mundo cobra sentido porque no estoy solo.
Escribo versos porque a vosotros, gente mía (gente, como diría Dersu Uzala), os gusta.
Y porque soy curioso y no me canso.
Secretamente, incluso para mí mismo, supongo que empecé a escribir poemas para ganarme el respeto y la admiración de mi padre, lector empedernido e inédito escritor.
Escribo versos porque así no se perderá en el olvido, resistiendo al menos una hora, pongamos, el tsunami que en mi corazón supuso caminar por el laberinto de la ciudad de Mari (Tell Hariri), a orillas del Éufrates, construida hace 7.000 años. Un lugar que hoy a un turista a la busca y captura de algún fotograma exótico lo dejará con el vacío de la estafa y que sin embargo a mí me conmocionó. Muros aparentemente vanos que no otro sino Hammurabi destruyó. Mis huellas sobre sus huellas.
Hago versos porque en la escritura hay algo que es iluminación: me descubre en el más amplio sentido de la frase “me descubre”. Y porque empecé a hacerlo en el mismo momento de mi infancia en que comencé a ser yo mismo y no puedo pararlo. Y porque en las horas de desaliento (más editorial que escritorial) en que “decido” dejar de escribir lo pienso en forma literaria y no descanso hasta que escribo el verso que dice que ya no escribo.

Porque tras haber vivido (o sea, tras haber visitado latitudes impensables; tras haber edificado una familia; tras haber transitado las horas con un puñado inefable de amigos; tras haber amado y visto tanto y tanto), o sea, tras haber vivido, para cuando ya no viva, el Paraíso lo concibo como un lugar sin lugar donde no hay acción, un lugar donde transcurre infinito el tiempo sin tiempo, un lugar donde leo y leo y leo, aprendiendo, conociéndolo todo por lo escrito. “Casas de vida” llamaban en tiempo de Ramsés II a las bibliotecas. Hospital del alma ponía a la entrada de la de Alejandría. Y si el Paraíso que imagino en la nebulosa de la inexistencia es una biblioteca, ¿cómo no desear ser partícipe de la inacabable construcción de ese paraíso?, ¿cómo no escribir si acaso un verso?

10 noviembre 2017

Benkei

Cuenta Basho, viajero y poeta japonés (1644-1694), que cerca de Hiraizumi visitó el refugio de Yoshitsune, el más amado de los jóvenes héroes medievales (recuerda Marguerite Yourcenar).
Yoshitsune era el hermano menor del primer shôgun de Japón, el jefe supremo militar Minamoto-no-Yorimoto, quien precisamente debía a aquel joven hermano haber alcanzado tal rango de poder.
Como a menudo ocurre, el primogénito, no contento con no agradecérselo, lo perseguía para acabar con su vida. La vista de quienes nos recuerdan nuestra propia infamia se hace tan insoportable que sólo eliminándola pueden sobrevivir los indignos.
Pero lo estremecedor de esta historia no reposa en el atávico odio de un hermano. La verdadera belleza se erige en la leyenda según la cual, cuando Minamoto-no-Yorimoto tendió su emboscada a Yoshitsune, éste fue defendido por su intrépido escudero, Benkei, que murió traspasado por decenas de flechas, quedando sostenido en pie por su propia armadura ensangrentada, sin dejar de proteger el umbral del refugio para que su señor Yoshitsune pudiera entregarse al sagrado ritual del seppuku y alcanzar así la muerte con honor.
¡Ay de aquel que, tras una larga vida, no haya sido capaz de conquistar siquiera el corazón de un solo amigo que, más allá de su propia existencia, defienda la nuestra!


(© Jaime Alejandre, 2017, inédito)

08 noviembre 2017

Pero ¡¡qué país!! o Las furias

Vi anoche “Las furias”, película escrita y dirigida por Miguel del Arco, con un deslumbrante cartel de actrices y actores. Y un plantel de profesionales extraordinario. La música  de Arnau Vilà impecable. ¿Es posible que una obra maestra como ésta pase desapercibida en España? ¿Y que siga triunfando lo soez, el chiste fácil, la mediocridad; o también lo pretencioso, banal y pedante?
La película me parece una de las grandes de la historia del cine de este país en cuarto menguante desde hace siglos. Diálogos aparentemente sencillos (que venga otro a escribirlos si sabe) con una carga de profundidad en cada una de sus palabras de esas que te dejan noqueado unos segundos después, cuando asumes la hondura de lo dicho. Diálogos alejados de la rimbombancia inane en la que tan a menudo caen los que apenas son capaces del relumbrón de la fachada tras la cual no se sostiene edificio alguno de emoción y de conocimiento de la naturaleza humana. Narración, relato, que tomando el arquetipo, que es la recurrencia natural de la vida humana, compone una alegoría de la existencia real, palpable, verdaderamente sabia.
Leo pasadas críticas, en general elogiosas pero tibias. Y alguna de antología del disparate, del típico “pobre hombre quiero y no puedo”: "Sobre el papel, elementos más que suficientes para que 'Las furias' funcione. Pero algo pasa y el juguete nace averiado. (...) las piezas no acaban de encajar y el exceso acaba por devorar a la intensidad. (...) Puntuación: ★★ (sobre 5)"… En fin, también algunos críticos de nombre hoy afortunadamente olvidado pusieron a caldo muchas de las películas de Willy Wilder…
“La primera película” de Miguel del Arco, dicen los títulos de crédito… Que Don Bosco, santo patrono del cine, asista a tantos como reman las procelosas aguas de la mediocridad cinematográfica patria de dislate en dislate, solo con el dudoso refrendo de la taquilla, julietas y noches boreales mediante. En todas partes cuecen habas: cualquier novela bestseller, ramplona y simplicissimus; cualquier tonadilla sol-do-fa de penoso cantautor o  clónico grupo pop; cualquier cuadro previsible y mononeuronal; multiplican por “ene” la “taquilla” de las grandes obras de la literatura, la música, la escultura… contemporánea actual.

Pero cuando entre tanta oscuridad nos llega, aunque sea por casualidad, el mínimo destello del talento, el crecimiento que se opera en nuestro espíritu hace merecer tanta travesía del desierto, tanto desconsuelo…

20 septiembre 2017

Sutiles territorios de memoria

Vivimos una sociedad en la que la velocidad infinita y los cambios hiper-acelerados han convertido a la novedad y a la “juventud” en un valor en sí mismo, al margen éste de demostración empírica. Todo lo nuevo es bueno. Todo lo joven es mejor.
Esta tautología, sin apropiada argumentación caso a caso, se ha trasladado en el ámbito de la poesía a la infalible vaticana verdad de que sólo los poetas muy jóvenes escriben versos interesantes. Cierto es que mucha frescura bienvenida hay en algunos de estos jóvenes, pero desgraciadamente (será cosa de los tiempos rancios que vivimos) la mayoría lo que hacen es replicar cosas ya manidas hasta el sarcasmo. Que sus autores se crean muy vanguardistas con sus poemas de exabruptos y otros futurismos no demuestra otra cosa que lo poco que han leído algunos de las nuevas generaciones.
Sin embargo la realidad es renuente a las modas así que se empeña en dar sorpresas a quien intente estar si acaso un poco atento, aunque sea con un ojo avizor y el otro tuerto por las necesidades que impone esta sociedad de consumo estresante.
Perdón por este largo introito a lo que de verdad interesa, que no es otra cosa que hacer pública alabanza y reverencia al libro de poemas que acabo de degustar, cuyo autor puede presumir de estremecedora juventud a la luz de sus versos aunque su dni se chive de que sus lustros de lustres ilustres años van más allá de la docena con ganas.
El libro en cuestión es “Sutiles territorios de memoria” (Ediciones Vitruvio, 2017, número 628 de la colección Baños del Carmen, que se dice pronto. Algún homenaje ya habría que hacer a su muñidor, Pablo Méndez, que tanto hace por la salud poética de este país). Su autor, el poeta Manuel Cortijo Cieza (Plasencia, Cáceres, autor de los libros De un pájaro de amor que anidó primavera al oriente de Capadocia, Romanza del halcón y el agua, Alba espuma y Hazversidades Poéticas).
El libro es uno de los más importantes del año sin duda y me atrevería a decir de la década. Es metáfora en estado puro. Esto es, en él la verdadera ars poética late en cada una de sus letras. Libro integralmente (salvo en poemas de las páginas 23 y 43) de poemas encabalgados: recurso innovador y acertadísimo, para nada gratuito y por llamar la atención sino que expresa de exacta manera formal ese territorio sin fronteras que es la memoria, objeto concreto de este texto.
Ahora os voy a pedir que confiéis ciegamente en mí y que busquéis este libro si  mucho más sesudo análisis postergador del goce de su lectura. Porque verdaderamente me resultaría imposible ponerme aquí a hacer un “análisis” de sus versos: por un lado, con mi limitada capacidad, no estaría ni a la altura de lo que se arrastra por no saber elevar la mirada; y por otro lado, allá donde fuera que yo comentara, sería un insulto a la rotunda belleza del mensaje y mensajero de este libro. Eso sí, de él tengo que decir, como de algunos otros pocos, que ha consumido toda la tinta de mi bolígrafo subrayándolo. Entonces ¿cómo honrarlo con palabras importadas o impostadas mías? ¿Cómo no faltar a su respeto y mucha altura citando lugares comunes de diletante filólogo sin título?
Creedme, este impresionante libro sólo se explica y se transmite por sí mismo. Para acercarse a lo que contiene exclusivamente se podría hacer trascribiendo aquí todos y cada uno de sus versos indispensables. ¿O no lo son estos?:
“… como el árbol en su magnificencia
vivo de lo que tengo sepultado”.
En fin, desdiciéndome a mí mismo y simplemente para lanzar el anzuelo para vuestros líricos apetitos, vayan aquí unos versos:
HAY UN LUGAR
“… Soy roca, sangre, agua,
brújula marcando hacia nostalgia…
… Sucede que te busco
náufrago de mí, anhelo de mi patria,
terrenal bastión de cielo.
Temprano sin ayuda te ocultaste, madre,
apuntalé los ojos para verte,
dispuse las pupilas para asirte
pero el dolor de crecer sin contigo,
inundó el calendario sin ti.
La vida se  me hizo árbol de piedra
hojas perennes de piedra los días
ramas perennes de piedra los años…”

VIVIR A DIARIO
“Aún ganando latitud a la locura,
agota vivir a diario…
… asear la conciencia,
inventariar las heridas.
Agota enfrentarse al desafío
continuo de imaginarlo todo,
mentirse a cada instante,
navegar enemigo del monzón
en un mar a la deriva.
Mejor que este vivir a diario
es morir prematuramente,
desoír la respuesta oficial,
predicar la palabra “no”,
desvanecerse en la letra minúscula.
Hoy…
… me crucifico a tu nombre para siempre”.

HAY UN NIÑO QUE MIRA
“… Tenía siete años,
me enseñaron el miedo y sus preceptos,
pronto aprendí a sostenerme
sin la ayuda de largos dictados,
me usurparon
los besos maternales por decreto,
los sueños en bruto,
los cuentos jamás estrenados,
crecí en soledad.
Y ocurrió que mataron al Hombre,
modélico en clase forjaron a Dios,
instauraron los rezos, las calles prohibidas,
la amenaza extraterrestre
del pecado en versión original…”.

En conclusión, creo que leer este impresionante libro nos acerca a lo inefable, a lo más bello que en el hombre habita pese a todas las insidias con las que nuestra especie tiene a mal recubrirse.
No tardéis que:
“Como nieve vencida
lento el crepúsculo se entrega…”.


26 agosto 2017

Rafael López de Ceráin

Me entero hoy de que el pasado día 10 de agosto falleció, demasiado joven, apenas 53 años, el poeta Rafael López de Ceráin, y me viene a la memoria con no poca tristeza aquel día de junio de hace exactamente diez años en que tuve el privilegio de presentar su antología “Seguro es el pasado”.
La desaparición de un poeta es siempre una tragedia y sin embargo demasiado a menudo pasa como el viento entre las espigas, con un rumor injustamente imperceptible. Por eso con mis palabras quiero hacer hoy de altavoz de este mundo agradecido por su obra.
Además, en estos tiempos que malvivimos en los que la dedicación a la política, a lo público, se denuesta metiendo torticeramente en el mismo cajón a corruptos confesos y a otros muchos que simplemente dedican sus horas, sus desvelos y su entusiasmo en beneficio de los demás para cambiar las cosas a mejor, merece la pena recordar también al hombre comprometido y solidario que fue Rafael. Hombre involucrado con la vida hasta las más profundas consecuencias. Quien tenga memoria de lo que era España y en especial Euskadi y Navarra hace veinte años, o quien haya leído recientemente esa espectacular novela que es “Patria” de Fernando Aramburu, podrá reconocer el coraje, la enorme dignidad humana que ha de tenerse para haber sido concejal del ayuntamiento de Pamplona en aquellos años de plomo y de dolor.
Pero honrando ahora al escritor, quien se adentre en la obra de Rafael descubrirá cómo el poeta que ya era al nacer, se fue desarrollando, creciendo hasta encontrar su máxima altura precisamente en la hora que antecede al punto de inflexión de su vida, cuando en 1999 pasó a exprimir el zumo indispensable de la existencia desde una silla de ruedas. Pero escribir para Rafael fue evidentemente una salvífica enfermedad endémica (con el oficio de las letras ocurre como con el pescado crudo japonés: sabes que pillarás el anisakis, pero no puedes aguantar la tentación y repites y repites).
En fin, la poesía de Rafael permite a sus lectores trazar el arco de ballesta de su propia existencia. Sus primeros poemas, de los libros ‘Trabajos de amor disperso’  y ‘Olvidos y presencias’ nos anunciaban ya al escritor en crecimiento sostenido:
“… tener que ser el mismo cada día
abotonar la risa, sentir el aguacero
de esta vida que –polvo y sombra- llueve
horas veloces…”

“Somos los umbrales de esas puertas
que hemos cerrado a la vida
esos caminos que no hemos recorrido
ese sí, dubitativo, a tientas…”

Pero después llegaría un libro pleno y esencial ‘Breviario de esperanza’, en el que la vida (y la muerte) atravesaron sin compasión la obra de Rafael convirtiéndolo en sí mismo. Se descorchó en aquellos versos el insomnio de Cohen, el último suspiro de Japlin hasta que dijo basta, y Rafael se puso incluso la voz de un Nexus-6 para decirnos: ‘Es la hora de partir. Así es la vida’.
Por eso tal vez Fonollosa entró en sus versos con la contundencia equívoca del que escribe ‘has malgastado tu vida apurándolo todo’, cuando sabía Rafael que es precisamente lo contrario, la vida la malgastan los que no se han atrevido a intentar habitar todos los lugares.
Toda obra de creación es un puente tendido entre el autor y los hombres, un puente que tiene la virtud de poder traspasar la barrera de la muerte, como en este momento en que Rafael no está pero siguen en nosotros sus palabras. Y como todos los puentes tienen una clave, una piedra central, ni mayor ni menor que el resto de piezas pero esencial, sin la cual todo el arco se derrumba, yo quiero traer aquí su poema “Deseo”, (uno de sus poemas titulado “Deseo”, ya que escribió varios con ese título, algo que sólo sorprendería a quien habite despreocupadamente esta apasionante tierra, sin saber que existir es esforzarse).

DESEO

‘Me has entregado la vida
la que yo quise terminar
lanzándome al vacío
golpeando llanamente
una acera fría,
un término para mis dolores,
una ciega depresión
que atajó mi pensamiento
agotando mi razón.
De tal suerte que no existe
memoria de aquellos días
soy un pasado inhóspito
una decadencia completa
un mañana sin ayer.
Mi hoy trasiega mi vida
llena las horas con pasividad
nada espera de mañana
porque el día anterior
nada luchó ni entregó sus momentos
a un ayer reprimible.
El silencio del pasado
resuena hoy, a fondo
tan solo espero vivir
lo que la muerte ha usurpado”.

Es en este instante cuando comprendemos lo que a veces ni el propio escritor alcanza a entender. Porque los escritores somos instrumentos de algo más grande que nosotros que a menudo ignoramos. Aquí, en una aparente melancolía por lo perdido:

“Esta vida se ha convertido en un vacío
lacerado mi cuerpo, mi apetito vano
inhóspitamente pasan los días
como si nada quedase por hacer.
La tristeza y el aburrimiento
inundan este ajeno paraíso…
… una maldita tarde primaveral
en la que mi vida se arruinó…”

en Rafael López de Ceráin ya afloraba sin embargo el propósito de vivir de quien se reconcilia con la existencia y la apura hasta los posos. Y a nosotros, los lectores, lo que por las noches escribía López de Ceráin, colega de insomnio, indudablemente mejoró nuestras vidas.
Sí, hace diez años escribí a Rafael: “Espera pues la muerte con la indiferencia del no saber de la fecha más que la seguridad de que habrá de llegar, pero que se llevará sólo tu carcasa, en fin, lo que no importa, quedando aquí siempre tu memoria…”.
Ahora con tristeza ya sabemos la hora de partir que para ti estaba destinada, Rafael, pero tu obra, fieramente humana, nos conforta… Sit tibi terra levis…

(fotografía de noticiasdenavarra.com)


06 junio 2017

Qué entendemos por entender la poesía


Acabo de merendarme con fruición, literalmente de una sentada, uno de los textos más lúcidos que he leído sobre el arte de la poesía. Y de la vida. Lo más sorprendente, tal vez, es que (perdón por la boutade) su autor es un extraordinario poeta, Alberto Cubero. Su libro “Qué entendemos por entender la poesía” (Escolar y mayo editores) tiene un título carveriano (Raymond) pero, mejor que eso, tiene un contenido bergeriano (John), a la altura de ese sideral vuelo de “Y nuestros rostros, mi vida, breves como fotos”.
Por empezar por las dos principales pegas del ensayo de Cubero, aunque parezcan un oxímoron son, por un lado que es demasiado corto y uno querría devorar otras cien páginas; por otro lado que no es libro que se pueda comprar sin más uno, pues hay que hacerlo adquiriendo al menos dos bolígrafos. De tanto subrayar sus hallazgos y sabidurías consumiréis la tinta que le echéis.
Y ahora vayamos a sus aciertos: que lo son todos. Así, el libro es tan magnífico que hasta su prólogo, eso demasiado a menudo prescindible al principio de un libro, es en este caso esencial. Lo firma Antonio Méndez Rubio. Impagable.
Del texto en sí de Alberto Cubero me parecería presuntuoso decir nada pretendiendo acotar sus palabras, pues son cardinales. No sólo respecto al hecho poético sino respecto al ser enfrentado a su propia conciencia de hombre, a la psique y el uso del lenguaje, o respecto a la posición, ética o antiética, que adoptamos ante la realidad. “Un poema que se precie de serlo trata de todo y de nada. Ahonda en la condición humana, en la existencia, en su misterio, en las conexiones entre el sujeto y su interior y entre el sujeto y lo que le rodea…”, nos ilumina Alberto Cubero.
Por ello este ensayo, con mis comentarios, sólo perdería la fuerza, alcance e fluorescencia que porta en sí mismo. Baste saber que sus capítulos son, por ejemplo “La banalización de la poesía”, “El miedo y la pereza de espíritu”…
En definitiva sólo me atrevo a incitaros a leer este libro. Dejaos traspasar con sus verdades, sus dudas y certezas, permitíos acoplar sus palabras a vuestro propio andar de poetas. Si sois verdaderos poetas creceréis en vosotros mismos. Si sois aprendices, se os desvelarán los tesoros del lenguaje en verso. Pero si sois meras falsificaciones de poetas, os sentiréis en seguida señalados por la inclemente flamígera que os expulsa del inmerecido Paraíso en el que pretendéis vivir de okupas sin autenticidad.
“… Una carrera en pos de quimeras que prometen la conquista del absoluto, un intento de escape del vacío, la falacia de rellenarlo con la acumulación material… Sólo un sujeto lastrado de carencias espirituales necesita sentirse poderoso para ser ‘respetado’ y para, de esta manera, establecer un ilusorio equilibrio en su vida… Solo desde la enfermedad puedo explicarme que alguien renuncie al encuentro con los otros, con el mundo, para caminar por la tela de araña de la acumulación material… Perdido en una vida sin conexión con lo humano, un objeto más entre todos aquellos que apiló y que acabaron destruyéndolo…”.
“Cuando se afronta la escritura del poema, el poeta no sabe con certeza qué está escribiendo. Se trata de un proceso cuántico, aproximativo, de carácter, en buena medida inconsciente… El poeta es abordado… Lo inefable continúa siendo inefable y solo podemos circundar sus bordes. Se puede decir, así, que la tarea del poeta es una derrota: siempre habrá una fractura entre el pálpito, la imagen, la idea, y la palabra que intenta hacerse cargo de ellos… Lo único que podemos afirmar es que hemos escrito una de las infinitas posibilidades que nos brindaba el lenguaje…” (Lo dijo Pessoa: "Todo cuanto hacemos, en el arte o en la vida, es la copia imperfecta de lo que hemos pensado hacer... Todo esfuerzo, cualquiera que sea el fin hacia el que tienda, sufre, al manifestarse, los desvíos que la vida le impone; se convierte en otro esfuerzo, sirve a otros fines, consuma u veces exactamente lo contrario de lo que se pretendía... Lo que pensamos y sentimos es siempre una traducción").
Sigue Cubero: “… difícilmente se conseguirá que el poema logre aproximarse, siquiera mínimamente, a la cuestión de lo inefable partiendo de estructuras previas que respondan a parámetros de razonamiento. Surgirá entonces un lenguaje plano, sin violentación de la palabra, un lenguaje que no constituirá una realidad en sí mismo, sino que será representación de la realidad, de lo ya sabido, y que no abrirá nuevos paisajes emocionales…”. (“Hay escritores –dijo Cortázar- que proyectan escribir un libro y se lo cuentan a usted en detalle, en un café, todo está listo, todo planteado: cuando lo escriben, generalmente es un mal libro”). “…  La mal llamada poesía de la experiencia… habría que denominarla poesía del acontecimiento. De lo que acontece en el afuera, en eso que llamamos realidad y que no es única: hay tantas realidades como sujetos… La experiencia, como nos enseña María Zambrano, se produce en las profundidades del sujeto…”.
“Es el lector quien hace suyo el poema y no el texto el que hace suyo al lector… El poema no es lo que aparece escrito en el papel, sino el rastro que deja en nosotros. El poema es una huella. Una marca que en cada sujeto quedará impregnada de manera distinta…”, nos recuerda, certero, nuestro autor, sabedor de que la verdadera literatura exige esfuerzo al lector y que por eso, tal vez, en esta sociedad de lo inmediato y el facilismo, la poesía es algo a lo que los apresurados no  se atreven.
No os robo más tiempo para que podáis salir a buscar este indispensable texto y cincelároslo en el impulso poético cada uno de vosotros. No sin antes trascribiros la final admonición de Alberto Cubero: “No tenga miedo. Sea valiente… La poesía no es un lugar donde van a parar los cobardes… El poema es uno de los caminos más interesantes y hermosos para abordar el conocimiento de uno mismo. Del mundo. Para que aflore lo no sabido. El misterio… Lea usted poesía, déjese fluir”.


01 junio 2017

Un poeta necesario

Ernesto Heredero del Campo es un heterodoxo contemporáneo, un ser extraordinario. Tanto que si le pides su CV, pese a ser un inequívoco erudito, diplomático de carrera y magnífico poeta de honda reflexión filosófica, con su proverbial humildad e inocencia te contesta que “nació en 1977 y es un pobre hombre”. Pero con unos cuantos pobres hombres como él se crearía otro Paraíso con mayor fortuna que lo sucedido en este planeta cada vez menos azul, más amarillo de vergüenza.
También nuestro autor se autodenomina “un piernas”, pero a la manera de Oscar Wilde, estos es, sabedor de que vive en el fango, pero siempre mirando a las estrellas.
Doctorando en Wittgenstein, seguramente porque como el filósofo vienés sabe que el lenguaje desempeña una esencial función en la experiencia y se corresponde con el mundo de igual manera que una pintura o una maqueta se corresponden con el mundo que intentan representar. No es raro entonces que un cierto “misticismo casi-schopenhaueriano” se trasluzca en sus versos, iluminados por la revelación.
En fin, como es sabido, el Tractatus Logico-Philosophicus de Ludwig Wittgenstein sufrió un tortuoso camino, grandes dificultades para encontrar editor; la primera editorial a la que presentó su libro accedió a publicarlo sólo si él costeaba la impresión y el papel. En Ediciones Evohé, sabedores de que lo único que podemos hacer para conseguir que el talento cierto vea la luz es poner a disposición de los lectores libros como Fatiga os ofrecemos aquí la oportunidad única de convertiros en más sabios y más sensibles con los versos de Ernesto.
“Fatiga”, de Ernesto Heredero del Campo, www.goo.gl/WzvRJf
(https://www.edicionesevohe.com/products-page/el-desvan-de-las-palabras/fatiga-ernesto-heredero-del-campo).
(Selección de poemas a cargo de Marga Sánchez Arias)

II

Late mi corazón como si fuera una pieza de piano,
mis diccionarios tienen las palabras descolocadas.
Los cuerpos cuando se separan
hacen el mismo ruido que cuando se separan dos yogures.
Por mi vida desfilan ordenadamente decepciones
que van cayendo por el infinito.
Escribo desde un sótano, descalzo,
mi ángel de la guarda está en urgencias.
En el exterior, los seres humanos se comportan como insectos.
Pero, a diferencia de los insectos,
huelen a alcohol.

XI

El desorden del jardín por el que pasean
los que se han convertido en lo que no quisieron ser.
Los pájaros de ese jardín se quejan del tiempo
y duermen poco.
En ese jardín mueren los niños y nacen los ancianos.
Bajo una lluvia nocturna cuyo lenguaje todos desconocen.

XV

La noche golpea mi cristal
con el puño cerrado de sus sombras.
Yo digo que no estoy pero ella cree
que mi alma le pertenece,
y ríe desdentada y ruidosamente.
Este desierto ¿qué trajo?
Me despojo.
Demasiado no es suficiente.

XVI

Yo viviré después del dolor,
después de la frontera de la página.
Como si fuera posible un día deambular
sin el peso del dolor, y volver
a mi estatura y a mi luz.
Del naufragio me traje un tesoro dudoso
que ahora observo en silencio pensando que nadie —ni siquiera
Cristo—

admitió una derrota que no fuera a convertirse en victoria.

30 mayo 2017

Fatiga, de Ernesto Heredero del Campo

La presentación ayer de “Fatiga”, de Ernesto Heredero del Campo, fue inimaginablemente reconfortante entre tanta penuria intelectual y emocional como nos acosa. www.goo.gl/WzvRJf
Compartimos con vosotros una pequeña muestra de sus grandes poemas.
Pero antes queremos aquí agradecer expresamente las palabras introductorias de Carlos Blanco Pérez, filósofo, egiptólogo y, en definitiva, erudito en la más amplia y digna acepción de la palabra. Su intervención elevó la altura de Madrid unos buenos cientos de metros.
Después, la iluminación de las ideas de Ernesto y la certera emoción de sus poemas pusieron ese broche de oro al que tantos citan de oídas y que ayer se nos presentó de forma indiscutible.
Gracias a todos. Gracias  a ese lujo hospitalario que es el Maria Pandora. Gracias a los que queríais venir y pudisteis hacerlo. Gracias a los que no pudisteis venir pero queríais de verdad y lo intentasteis hasta el último momento. Y gracias a los que pudisteis venir y no quisisteis hacerlo, porque quien no merece la luz, viva en la sombra y con él se la quede.

I

Cuando me conociste yo era el héroe
que borracho disparaba a los concursantes de televisión con
un kalashnikov.
Después naufragué en las aguas de mi inteligencia,
un océano esquilmado y nocturno en que siempre llovía.
Ahora soy el que ha cruzado años de invierno
y camina hacia el alba tendiéndote la mano.

VIII

Me alegro seriamente
y metódicamente sufro.
Voy y vengo de parajes
donde las olas dejan carcajadas de espuma.
Me dejo hervir en sobres de ginebra caduca
junto a beatos, asnos y gorriones,
skinheads, viejas glorias del boxeo,
actores en paro y porteros alcohólicos.
La miel se derrama sobre nuestras cabezas,
el llanto de los niños asusta a las bestias
y las serpientes, sigilosas, se deslizan.
Pero yo volaré sobre esta sábana
sobre los océanos sobre los desiertos
sobre todas esas cosas perfumadas
de palabras no dichas.
y… adiós cuerpos puros.
Adiós, sílabas.

SALMO FINAL

Dios mío conozco el pecado,
conozco la herrumbre que deja entre los dedos y debajo de
la lengua.
Da Dios fe y esperanza
a esta vida destrozada de belleza quebradiza.
Dame humildad y no humillación,
da utilidad a mi dolor.
Dame carácter y ternura,
dame un beso en la frente
porque me estoy desangrando
de una sangre que no salva.
Dios dame una certeza,
un piso donde pisar
que llevo toda la vida buscando,
que no bebo más que de mi sed
y no soy más firme que el aire.
No tengo donde agarrarme todo es de fuego.
Dios dame un minuto de paz.
Hazme capaz de amar otra vez.
Protégeme de la ira de las horas,
lava la arena oscura de mis pecados.
Protégeme de mí mismo,

ayúdame a comprender.

27 febrero 2017